Entrevista a uno de los mejores abogados penalistas del panorama jurídico actual: Juan Gonzalo Ospina, socio director de Ospina Abogados

El derecho penal no es para gente que busca estabilidad emocional

 

¿Qué parte de tu carácter te llevó a elegir esta especialidad en lugar de una más segura?

Siempre he tenido una personalidad muy competitiva y, al mismo tiempo, una gran curiosidad por comprender los conflictos humanos en su forma más cruda. El Derecho Penal es el lugar donde la sociedad se mira a sí misma sin maquillaje: ahí están el poder, la miseria, la ambición, el miedo y la libertad. Yo no buscaba estabilidad; buscaba intensidad intelectual y responsabilidad real. Defender la libertad de una persona exige una mezcla de carácter, serenidad y capacidad de soportar presión en un ámbito del derecho que me apasiona.

 

¿Crees que los mejores abogados penalista nacen con el talento, se forman con estudio o se forjan en las derrotas del día a día?

Las tres cosas. Hay un componente de carácter que es difícil de enseñar: la intuición jurídica, la capacidad de leer una sala, de entender a las personas. Pero sin estudio no hay penalista serio. Y, sobre todo, las derrotas te construyen. En penal pierdes, te equivocas, te frustras… y cada golpe te obliga a ser mejor. Los abogados penalistas que solo celebran victorias no han entendido el fondo de esta profesión.

 

Se te ve como un abogado ambicioso. ¿En qué momento decidió que no querías ser «uno más» en el penal español?

Siempre entendí que si vas a dedicar tu vida a algo tan exigente como el Derecho Penal, debes aspirar a hacerlo al máximo nivel. No se trata de ego, se trata de responsabilidad. Un cliente que se juega su libertad merece al mejor abogado penalista posible. Y para eso necesitas ambición, disciplina y una visión de largo plazo.

 

Hay abogados penalistas brillantes en lo técnico que nunca destacan. ¿Qué diferencia a un profesional competente de uno realmente influyente?

La técnica jurídica es imprescindible, pero no suficiente. El Derecho Penal se mueve en un ecosistema donde interactúan jueces, fiscales, medios de comunicación, empresas y política. Un penalista influyente entiende ese contexto. Sabe cuándo hablar, cuándo callar, cómo defender jurídicamente y también cómo proteger la reputación de su cliente. El que solo domina el código penal pero ignora el poder real que rodea a los casos importantes, se queda corto.

 

¿Te incomoda que en el sector legal ve la ambición como algo casi indecente?

Me parece una hipocresía bastante habitual. Muchos abogados dicen despreciar la ambición mientras compiten ferozmente por los mejores casos. La ambición bien entendida es simplemente querer hacer las cosas mejor, crecer y asumir retos mayores. Lo indecente no es la ambición; lo indecente sería olvidar los principios por conseguir éxito.

 

¿Hasta dónde quieres llegar? No hablo solo de facturación, sino de impacto, reputación y legado.

Estoy orgulloso que mi despacho boutique, Ospina Abogados, como referencia en defensa penal compleja, tanto en España como a nivel internacional. Pero, más allá de eso, me interesa el impacto. Que cuando alguien piense en defensa penal estratégica piense en nosotros. Y, con el tiempo, es más, ya estoy trabajando en ello, me gustaría contribuir también al debate jurídico y académico sobre el Derecho Penal contemporáneo.

 

Desde fuera, el penal parece glamoroso. Desde dentro, ¿Cuál es lo más duro que casi nadie cuenta?

La soledad de la responsabilidad. Cuando un cliente está en prisión preventiva o se enfrenta a años de cárcel, el peso de la defensa es enorme. Las decisiones estratégicas no siempre son evidentes, y sabes que cualquier error puede tener consecuencias dramáticas para una persona y su familia. Eso no tiene nada de glamuroso.

 

¿Qué clientes o casos te han puesto a prueba como persona? ¿Cómo manejas esa diferencia?

Muchos casos te obligan a confrontar realidades duras, como me paso en la defensa de la familia Arrieta, asesinado a manos de Daniel Sancho, donde trabajar la perspectiva humana era fundamental. Pero yo, que normalmente afronto la defensa de mis clientes, entiendo que abogado penalista no está para juzgar moralmente a sus representados, está para garantizar que el Estado respete las reglas del juego. Defender no significa justificar lo ocurrido, significa asegurar que el proceso sea justo y que los derechos se respeten.

 

Sé que tu firma ha gestionado casos fuera de España (República Dominicana, México, Perú, Ecuador, Colombia). ¿Cómo ves esta segunda parte del 2026 en expansión internacional y alianzas?

Latinoamérica es una región con enorme dinamismo jurídico y económico. Nuestra vocación es consolidar alianzas con despachos locales y participar en asuntos transnacionales, especialmente en materia penal económica y compliance. El crimen y la economía son cada vez más globales; la defensa también tiene que serlo.

 

¿Has defendido a alguien con quien no conectabas moralmente? ¿Cómo lo gestionas sin quebrarte?

Claro. Es algo que le ocurre a cualquier penalista. La clave es entender tu rol. Yo no soy el juez ni el fiscal. Soy el abogado defensor. Mi obligación es garantizar derechos, no emitir juicios morales.

 

Tu conexión con Colombia es profunda. ¿Qué te ha dado Latinoamérica que España no te habría ofrecido profesionalmente?

Latinoamérica me ha dado perspectiva. Allí el Derecho Penal está mucho más expuesto a tensiones políticas, económicas y sociales. Eso te obliga a pensar el derecho de forma más estratégica. Además, hay un talento jurídico extraordinario y una energía profesional muy inspiradora. Me encanta visitar otros países y colaborar con compañeros de los que siempre se aprende.

 

Después de todo lo que has visto, ¿sientes que la justicia penal es igual para todos?

La ley dice que sí. La realidad demuestra que el acceso a la mejor defensa penal influye mucho. Por eso la figura del abogado penalista es tan importante: equilibrar, en la medida de lo posible, la balanza.

 

Dónde falla más el sistema penal hoy: ¿en las leyes, en los jueces o en la presión mediática?

Diría que en la interacción entre los tres. Las leyes a veces se aprueban con exceso de impulso político, la presión mediática puede contaminar el clima de un proceso y el sistema judicial sufre una carga de trabajo enorme. Todo eso crea tensiones que afectan a la calidad de la justicia, que si en algo sobresale es por la buena voluntad de la mayoría de trabajadores.

 

¿Te preocupa más cometer un error jurídico o un error humano con un cliente?

El error jurídico siempre es grave, pero el humano puede ser devastador. Un cliente necesita sentir que su abogado le entiende, le escucha y está completamente comprometido con su defensa.

 

 

Eres un abogado penalista con presencia pública. ¿Crees que hoy un letrado puede permitirse no tener marca personal?

Hoy es mucho más difícil. La sociedad demanda transparencia y comunicación. La marca personal no sustituye al trabajo jurídico, pero ayuda a generar confianza y a explicar públicamente lo que hacemos. En la proyección pública lo importante es mostrar nuestro trabajo, sin necesidad de mentir.

 

¿Dónde está la línea entre comunicar bien y convertir el Derecho Penal en espectáculo?

En el respeto al proceso. Comunicar no es teatralizar los casos ni convertirlos en entretenimiento. Es explicar con rigor y responsabilidad lo que está ocurriendo. Un caso bien explicado puede ayudar a otras personas con situaciones similares o a compañeros que están desarrollando otra causa que camina de forma Paralela.

 

¿Te han criticado otros abogados por exponerte más de lo tradicional? ¿Cómo lo manejas?

Sí, pero forma parte del juego. El sector jurídico ha sido históricamente muy conservador. Yo creo que es posible ser un abogado serio y al mismo tiempo tener presencia pública. Lo importante es mantener siempre el rigor profesional.

 

Dentro de 20 años, cuando hablen de Juan Gonzalo Ospina, ¿qué quieres que digan de ti?

Que fui un abogado valiente, que defendió con lealtad a sus clientes y que ayudó a elevar el nivel de la defensa penal en España.

 

Si pudieras dar un consejo brutalmente honesto a un joven que quiere dedicarse al penal, ¿cuál sería?

Que no lo haga si busca una vida cómoda. El penal exige estudio constante, presión emocional y una enorme capacidad de sacrificio. Pero si de verdad te apasiona la defensa de la libertad, no hay profesión más intensa ni más apasionante.

 

¿El penal te ha hecho mejor persona… o más duro?

Probablemente ambas cosas. Más duro para soportar la presión y más consciente de lo compleja que es la naturaleza humana.

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